domingo, octubre 30, 2011

El fenómeno llamado Mueck

Ron Mueck ocupa todos los espacios. Su atención se concentra en los dramas cotidianos. La vida diaria, por sencilla que esta sea, es su materia de estudio. Es un observador nato. Rotundo. Descarnado. Libre de culpas. Ron Mueck ve hacia dentro de todos nosotros. Estamos expuestos a su mirada decidida e incisiva. Pero al mismo tiempo Mueck hace que sus obras nos miren atentamente. Bien vistas cada una es un espejo de distinto grosor, donde cada espectador ve un trozo de su vida. Nadie se salva. Hombres y mujeres. Jóvenes y no tan jóvenes acaban viéndose en el reflejo de ese llamado hiperrealismo. Traspasan una aduana dolorosa. Introspectiva por necesidad. Cuestionadora por naturaleza. Así sea con la representación de una mujer con la pesada carga de un amasijo de ramas. O con un hombre desvalido en una barcaza ajada por la vida o el tiempo, con unos ojos dispersos: extraviados en un horizonte invisible, aunque tímidamente tormentoso. Con Mueck hay cuerpos desnudos. La exposición no se salva de risas de complicidad inmadura por esos cuerpos expuestos. Lo que esas risas no revelan es que Mueck exhibe al ser humano libre del peso de sus ropas y al mismo tiempo sin ataduras con algo material. Es el ser humano en su esencia más pura y más calamitosa, porque el artista australiano sabe mucho de sentimientos. Los moldea justo como un niño pequeño crea universos perfectos con una barra de plastilina. Las emociones se traducen en melancolía, en un dejo de tristeza acumulada a la espera de hacer una violenta erupción. La majestuosa mujer en su cama es el mejor ejemplo: Mueck nos mete a la recámara de esa mujer, nos transporta a esa intimidad callada y llena de preguntas. Cuántas preguntas surgen? Cuántas posibilidades? Cuánto desasosiego? El rostro de esa mujer instalada en la más atónita reflexión nos hereda sus dudas y cada uno de sus anhelos por cumplir. Hay figuras majestuosas, y sí el tamaño sí importa. Pero importa más la dimensión del planteamiento de esos mundos individuales tan cargados de penas como cargados de la promesa de una vida mejor. Seguramente por eso el cierre de la exposición sea un hombre que va a la deriva en un colchón inflable sobre una extensión de agua sin fin. Es un hombre acaudalado que reposa al sol sin pensar en el tiempo o en contratiempos. Navega. Se asolea. Nada lo distrae. Y nadie lo acompaña: es un hombre solitario para quien el agua es motor y destino. Y mientras uno se aleja de ese individuo su tranquilidad se va haciendo inmensa en ese azul inmaculado que lo rodea. (Ah, y el pollo gigante ya sin vida, colgando a la manera de un puesto de mercado, es lo más mexicano de la exposición).