Beso y lluvia
-Espero no enfermarme.
Patricia tenía parte de su ropa empapada. Se inclinó y sacudió su cabello, primero de izquierda a derecha, y después la coreografía pendular se repitió, aunque, esta vez la cadencia comenzó desde el lado contrario.
-Claro que no.
-Si así fuera, tú tendrías la culpa.
Aquella noche llovía a cántaros, no traía conmigo un paraguas y traté de evitar a toda costa que algunos libros se mojaran. Eran los últimos días de julio. Nos resguardamos en un salón de clases. Estaba vacío.
Dentro había un gran desorden. Basura y algunas bancas maltratadas por el tiempo y estudiantes. Había nombres, iniciales, dibujos y todo tipo de mensajes en la superficie de madera. En el horizonte verde del pizarrón había otro paisaje. Las marcas del gis lucían desgastadas, tal como si se tratara de pinturas rupestres que pierden poco a poco la definición de cada trazo. Ese cubo donde me refugiábamos, delineado por vigas de concreto y ladrillos, era ideal adoptar al frío como un alumno más. Parecía un refrigerador sin marca.
-Ahora qué vamos a hacer. Ya no pienso ir a la biblioteca ni volver a mojarme- Su tono de voz expresaba molestia.
-Lo único que nos queda es adelantar algo de tarea, estudiar.
Nos sentamos. Ella comenzó a peinar su cabello negro. Mientras no dejaba de verla, saqué un cuaderno y un libro. Lo hice casi sin pestañear y a tientas, como si fuera un hombre despojado del sentido de la vista. A ciegas elegí una página.
Hacía frío y la lluvia no paraba. Patricia comenzó a secar su ropa. Lo hacía con unas mallas que guardaba en su mochila. Era bailarina de danza clásica. Tenía un cuello largo, manos delgadas y piel de luna llena. Era una pintura de Manet, con todo y tutú.
-Estoy hecha una sopa.
-Nada del otro mundo. Piensa que tienes siete años, así será más fácil.
De pronto subió su pierna. El movimiento habría pasado desapercibido de no ser porque no se había depilado en varios días. Tenía una fina alfombra de vellos que crecían a lo largo de la pantorrilla y muslo.
-No seas así, por favor baja esa pierna no te da pena.
-Si tanto te molesta por qué no haces algo- La frase me sacudió. Dejé de pensar en la temporada de lluvias, en la hora, en cualquier cosa; resumiendo: no sabía qué hacer.
Así comencé. Primero fue un vello. Lo sujeté fuertemente con las uñas del pulgar y el dedo índice y lo saqué del lugar donde había nacido. Seguí hasta que fueron cinco, siete, muchos más.
Parecía algo muy sencillo. Como si ya lo hubiera hecho y sólo recordara la técnica no practicada. Nada me detuvo. Ni ella, que tenía un rostro inundado de sorpresa.
-¿Cómo lo haces?
Ni yo lo sabía, tan sólo recordaba los nervios a flor de piel. Mis vellos de los brazos comenzaron a erizarse. Patricia se encontraba ya frente a mí. Estábamos cara a cara. Sólo hubo tiempo para estudiar los rasgos desconocidos. Las pecas en la nariz. El tamaño de cejas y pestañas. Un momento para el descubrimiento de la geografía de cada uno.
Se quedó quieta. Y me susurró un secreto al oído. Dijo que si iba a ser mala esa noche, lo sería. Me abrazó y comenzó un beso sin tiempo ni contratiempos.
Tras algunos minutos me soltó. Súbitamente se apartó de mí. Mientras lloraba balbuceó el nombre de su novio. No lo entendí, como tampoco comprendí porqué echó a correr bajo la tormenta.
Semanas después ya salíamos de forma regular. Por cierto, su ex novio se llamaba Mario.